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LOS CUENTOS DE MI ABUELA AÍDA

  • Domingo 13 de Septiembre de 2026
  • Autor Francisco Flores Olave
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  • 75 / Seccion: Miscelánea

Llegar hasta El Porvenir, en las alturas de Butamalal, donde vivía mi abuela Aída, era un acontecimiento de proporciones. Primero, porque ella se alegraba mucho —por lo menos cuando yo llegaba—; lo primero que hacía era darme un tremendo trozo de queso ensartado en un fierrito para que lo derritiera al calor de las brasas, y luego un jarrón de leche de vaca al natural. Cosa más rica no existía en parte alguna.

Por las noches había guitarreo y canciones mientras mi abuela cocinaba una cazuela en una enorme olla de fierro de tres patas, para ella no había preocupación alguna por dietas ni cosas semejantes: había que comer mucho.

Por las mañanas, las tortillas de rescoldo recién sacadas de las cenizas y el infaltable jarro de leche de vaca recién ordeñada. Qué delicioso era todo aquello.

Durante el día se hacían los quehaceres normales de una casa de campo: llevar las ovejas hacia allá, ir a ver cómo marchaba la hornilla del carbón, traer un poco de leña de lleuque para otra quema... Y así, rápidamente, pasaba el día sin dar oportunidad al aburrimiento; era una maravilla de vida.

Por la noche, cuando no había guitarreo, se sintonizaba radio Colo-Colo, que llegaba como balazo, fuerte y claro, con su programa "Afilando la noche en la Colo-Colo", donde las cumbias y rancheras eran reinas.

Pero había otros momentos interesantes también: los cuentos de mi abuela Aída, llenos de misterio y suspenso, con un escenario propicio para asustar a cualquiera que fuera novato en estas lides.

Como no había energía eléctrica, la iluminación de la enorme cocina se hacía con un chonchón a parafina —un tarrito con un tubito y dentro suya una mecha de género que llegaba hasta el fondo—. Al encenderlo, daba una lumbre que no alcanzaba a iluminar todo, así que había dos posibilidades: encender dos chonchones o bien solo uno y avivar la llama del fogón con más leña para que iluminara el resto. De todas maneras, había penumbras.

Mi abuela Aída preparaba su mate, se acercaba a la mesa, arrimaba la tetera previamente hervida, se sentaba en su lugar y, con una voz pausada, comenzaba a hablar:

—Iba un hombre caminando por un sendero. Era un hombre de pueblo, un caballero que parece que había sido invitado a algún lugar del campo.

Hacía una pausa, tomaba la tetera, llenaba de nuevo el mate y le "pegaba dos chupadas". Luego nos miraba con atención y continuaba:

—Este hombre iba vestido de terno que alguna vez fue nuevo; ya no lo era, pero le daba cierta prestancia porque además lucía una corbata desteñida por los lavados frecuentes. También llevaba un morralito donde, además de pan, cargaba un botellón con agua.

Mi abuela Aída hizo otra pausa, se sirvió otro mate y nos recordó que al día siguiente teníamos que llevar los trozos al aserradero porque había que terminar de arreglar el galpón. Luego suspiró un poco, mordió el trozo de tortilla, chupó el mate y nos miró de nuevo antes de seguir el relato:

—Como dije, el hombre llevaba un morralito y se veía cansado de tanto caminar cuando, de pronto, vio tirada en el suelo una varilla de mimbre. La recogió y siguió caminando, y con esa varilla le pegaba al suelo, al pasto o al aire para distraerse un poco.

De pronto... se quedó callada porque los perros comenzaron a aullar afuera; todos aullaban lastimosamente. Nadie salió a mirar qué pasaba y, en la penumbra de la cocina, miramos a la abuela a ver qué decía. Nos miró a todos y solo dijo lentamente:

—Por ahí anda el Mandinga.

Y todos nos quedamos quietos y en silencio.

Los perros dejaron de aullar, la abuela se sirvió otro mate, le dio otro mordisco al pedazo de tortilla, carraspeó unos segundos y continuó con el relato:

—De pronto, el hombre vio en medio del camino una culebra que lentamente iba cruzando la ruta y, rápidamente, con la varilla que llevaba le asestó varios golpes en la cabeza hasta que la reventó. Con la misma varilla arrojó la culebra a la orilla del camino y prosiguió su caminar.

Como a la media tarde, el caminante iba muy agotado cuando vio a la distancia un árbol frondoso que proyectaba mucha sombra, así que apuró sus pasos para descansar allí. El hombre se acomodó a la sombra de aquel árbol y se durmió un largo rato, hasta que de pronto escuchó una voz que le hablaba suavemente: «Caballero... caballero». Entonces se despertó sobresaltado y vio a una joven a su lado. La joven era hermosa, muy hermosa, y estaba vestida con un traje precioso; parecía una princesa, no, mejor una reina. El hombre, un poco aturdido por la situación, pidió disculpas por si había molestado estando allí.

«—No, no —le respondió la joven—, solo quiero pedirle si puedo descansar a su lado, mire que estoy muy cansada porque usted no sabe por lo que he pasado».

Entonces el hombre, muy caballerosamente, le respondió:

«—Por supuesto, no faltaba más, señorita; acomódese a la sombra».

La joven le hizo muchas preguntas que él caballerosamente respondía, hasta que de pronto comenzó a rascarse mucho la cabeza...

Mi abuela agarró la tetera y se sirvió mate, preguntó qué queríamos de almuerzo para el día siguiente y siguió contando:

—La joven se rascaba tanto la cabeza que le pidió al hombre si podía echarle un vistazo entre el cabello, porque tal vez se había "pegado" piojos por ahí. El hombre, tímidamente, comenzó a hurgar entre su cabello, pero se dio cuenta de que en todo el cuero cabelludo tenía cicatrices, muchas cicatrices, tantas que le preguntó a la joven: «¿Pero señorita, quién le hizo esto? ¿Quién le dañó tanto su cabeza?».

La joven lo miró muy seriamente y le contestó: «Usted fue, usted me hizo eso».

«—¿Pero cómo? ¿Cuándo, si jamás la había visto, señorita?».

«—Hace un par de horas, cuando yo iba cruzando el camino y usted me dio de golpes con esa varilla que lleva y luego me arrojó lejos, a la orilla».

El hombre abrió los ojos de asombro y estupor, se puso pálido y comenzó a temblar de temor. Entonces la muchacha se levantó, frunció los labios y emitió un silbido muy agudo, y llegaron miles de culebras que atacaron al hombre y se lo comieron. La muchacha era la Reina y vengaron la afrenta que había sufrido.

Al día siguiente llevamos los trozos al aserradero y regresamos con tablas de 10 pulgadas para hacer arreglos en el galpón que tenía algunas fallas, y por la noche, luego de merendar, nos fuimos a la cama temprano porque al día siguiente había que ensacar el carbón que estaba listo para una entrega a un camión que vendría a buscarlo.

La tarea de ensaque de carbón era un asunto delicado por la contaminación que se producía, ya que el gas tóxico ahogaba, así que teníamos que ponernos alguna toalla en la cara a modo de mascarilla protectora para que no nos afectara las vías respiratorias. De vez en cuando, beber agua mitigaba también aquel efecto dañino para la salud.

Esa noche la abuela nos había preparado un cauceo de papas con carne de cerdo, que era un verdadero manjar, cuando de pronto apareció una garrafa de vino tinto que vino a completar el paisaje en la mesa.

Luego de eso, y conociendo a la abuela, fui hasta el "canogón" y traje la tetera llena de agua fresca que puse a hervir, busqué el frasco donde estaba la yerba mate para arreglarle una mateada, porque quería escuchar un nuevo cuento.

Curiosamente, afuera comenzó a correr un viento puelche de gran intensidad que hizo que cerráramos la puerta de entrada principal a la cocina, que "miraba" hacia el este, y el sonido de las ramas de los árboles entregaba un escenario propicio para escuchar, cual radioteatro, otro cuento de la abuela.

Ella terminó la tarea de arreglar el mate trayendo el azúcar, un trozo de tortilla y queso, y se sentó en su lugar mientras nosotros nos acomodábamos en nuestros asientos con cara de suspenso.

—Venía un hombre por Butamalal Bajo en un caballo alazán muy bonito, muy bien aperado, con una montura de esas que llaman vaqueras, no chilena con pellones de lana. Este hombre usaba una vestimenta un poco extraña, como de otro lugar: un sombrero alón, pero no de huaso, de esos que he visto en algunas revistas que han llegado por aquí; una casaca con flecos en el pecho y los brazos... De verdad que se veía extraño el tipo, pero bueno, era su forma de vivir.

—Hijo... —la abuela se dirige hacia mí para pedirme que atize el fuego para que el agua de la tetera no se enfríe, porque no tiene gracia tomar mate con agua helada—.

Este hombre había estado en los despachos tomando chicha fuerte, así que venía con los sentidos un poco nublados, pero no le preocupaba eso porque el caballo era baqueano por el camino, así que mientras cabalgaba comenzó a dormitar. Entró por el puente La Esperanza y se fue rumbo arriba culebreando por el camino y, cuando había avanzado bastante, en una curva del camino las ganas de orinar lo despertaron, así que detuvo el caballo y, apeándose, se metió bajo un avellano para hacer sus necesidades. De pronto sale corriendo una gallina brillante que primero lo asustó por el imprevisto y le quitó las ganas de orinar, pero reaccionó de inmediato y salió persiguiendo a la gallina por entre los avellanos hasta que la alcanzó arrojándole el chaleco para atraparla.

—Oiga, hijo —me dijo la abuela interrumpiendo el relato—, mañana necesito que se despierte de madrugada y ensille una bestia, que lo voy a mandar donde mi compadre a darle un recado.

—Bien, abuela, lo que usted diga. Deme otro pedazo de queso de ese tan rico que hace usted.

—Usted siempre tan zalamero, mi chiquillo. Ahí tiene en el fierro que le gusta, aproveche las brasas.

—Ya, abuela, pero siga con la historia.

—La gallina hacía todo el esfuerzo posible por escapar, pero el hombre recordó una antigua leyenda y la llevó al lugar de donde había salido. Allí la gallina escarbó en la tierra y se echó. Entonces el hombre comenzó a escarbar en la tierra porque, según la leyenda, en ese lugar había un tesoro enterrado. Como no tenía herramientas, el trabajo de escarbe lo hizo con las espuelas que llevaba puestas: escarbó y escarbó cuando de pronto como que raspó algo duro. Siguió escarbando hasta que tuvo a la vista un cofre metálico de mediano tamaño, el que logró sacar a la superficie. La gallina hacía un sonido lastimero, como un sollozo, al ver lo que hacía el hombre.

Cuando tuvo el cofre en la superficie, se fijó en que tenía un candado que no podría abrir de manera normal, pero el hombre sacó un revólver de entre sus ropas y de un tiro abrió el candado. En ese instante, la gallina brillante desapareció y, cuando levantó la tapa del cofre, casi se desmaya de la impresión por la cantidad de joyas que había dentro de él. El hombre se sentó a pensar con el cofre entre sus piernas y lo miraba y lo miraba sin poder creer lo que sus ojos veían, porque se habían terminado todos sus problemas. Según cuenta la gente, el hombre compró un enorme fundo, compró cientos de animales y contrató un par de docenas de peones, amén de varias mujeres para trabajar en la enorme puebla que construyó para vivir. También dicen que vivió muchos años rodeado de riquezas y abundancia.

Estar en casa de la abuela Aída era nunca estar desocupado, no había lugar para el ocio; siempre había algún trabajo que realizar, pero eso es lo que hacía atractivo estar allí.

Vino el camión a buscar el carbón, así que lo cargamos con cien sacos que se habían acumulado. No tengo idea para dónde lo llevarían. En realidad eso no me importaba, no era mi cuento; el mío era pasarlo bien disfrutando cada momento que estuviera en el lugar.

Al día siguiente, armados con unos rozones grandes y chicos, y también unas hachas, nos fuimos a despejar un terreno para dejarlo en condiciones de poder sembrar un poco de trigo, porque la harina cruda iba a escasear, así que había que prepararse. Con los rozones cortamos la maleza gruesa y también pudimos destroncar un poco para hacer más fáciles las pasadas del arado cuando se hiciera ese trabajo, fecha para la cual yo no estaría allí.

Por la tarde llegaron unos vecinos con una pelota de fútbol y una "pelota" (garrafa) de chicha a entretenerse un poco, así que improvisamos los arcos con unas varas; los que hicieron de líderes seleccionaron los jugadores y ¡a la cancha se ha dicho!

Al final estaba tan oscuro que la pelota no se veía, pero el partido continuaba con entusiasmo, tanto entusiasmo que cuando el score iba 15-14 llegó la frase famosa en estas situaciones: «el último gol gana». Luego del gol definitorio, unos apretones de manos, otros abrazos y todos para la casa contentos y alegres, prometiendo un encuentro más temprano el próximo domingo.

Llegando a casa de la abuela, había que pasar por el canogón, que traía el agua desde una vertiente cercana, a echarse una buena lavada (y el más valiente, porque el agua era fría, fría, fría, se bañaba). Luego de eso, agarrar un palo de leña y entrar con él sobre el hombro como un trofeo donde la abuela estaba esperando para servir la merienda.

Mientras se merendaba, llegaban las preguntas inquisidoras de la abuela: «¿Hicieron esto? ¿Hicieron esto otro?». Y al final, la sentencia para el futuro: «Mañana hay que hacer...».

Luego venía el silencio natural que era roto por la voz de la abuela: «Echen más leña para que no se apague el fuego», mientras preparaba el mate, la tortilla y el queso. En ese momento acercábamos una silla a la mesa, en donde cada uno iba a colocar los codos porque venía un cuento de esos de la abuela.

—Según cuenta la gente, había un hombre pobre, muy pobre, que ya no sabía qué hacer con su pobreza y su vida: pedía limosna, buscaba comida en los tarros de basura, se vestía con andrajos y estaba en un estado de abandono absoluto. Decía no tener familia porque hacía mucho tiempo que se había alejado de todos. La gente, al verlo, muchos se alejaban porque decían que les podía contagiar alguna enfermedad o su propia miseria.

Interrumpiendo el relato, la abuela gritó:

—¡Alguien que vaya a buscar agua, que ya no hay en los baldes!

—Una noche, en estado de desesperación, el hombre gritó: «¡Si tengo que hacer un pacto con el diablo para salir de esta miseria, soy capaz de entregarle mi alma!». Los días pasaron sin que la situación del hombre cambiara hasta que una noche, al llegar a los cartones donde "vivía", encontró que había un hombre extraño, de mirada fuerte y penetrante. Sus dientes brillaban y en los dedos de sus manos se veían unos anillos que parecían tener fuego de tanto que brillaban; parecía que eran de oro. Al hablar, se sintió como un rugido aterrador que hizo que el hombre se encogiera de miedo...

—Abuela —le dije—, déjeme encender otro chonchón porque me estoy asustando.

—Bueno, chiquillo miedoso, y de pasada eche más leña al fogón. Como dije —continuó la abuela—, al hombre le entró el temor cuando el personaje le habló, pero se controló y le puso atención.

«—Amigo, usted dijo que le gustaría hacer un negocio conmigo —le dijo el hombre.

«—A usted no lo conozco, amigo, ¿cómo podría haberle dicho alguna cosa?

«—Amigo, usted sabe quién soy; no se lo voy a repetir, pero le doy la oportunidad de salir de esta situación y tener riquezas a manos llenas, poder y gloria mientras viva, porque todas las riquezas terrenales son mías y puedo compartirlas con quien me dé la gana si están dispuestos a darme solo una pequeña cosa.

«—¿Qué cosa sería?

«—Su alma... solo eso».

Yo tenía los codos afirmados en la mesa y con las manos me sujetaba el mentón mientras los nervios me recorrían todo el cuerpo de solo imaginar vivir una escena de esa naturaleza y salir vivo.

Los sonidos del mate que indicaban que se había terminado el agua fueron un alivio para la tensión creada por el relato de la abuela. Un par de perros entraron a la cocina y se arrinconaron junto al fogón, en un acto que parecía esconder el miedo que el cuento causaba.

—El Mandinga sacó una hoja de entre sus ropas —continuó la abuela— y se la mostró al hombre diciendo: «Una firma con tu sangre aquí y mañana sales de tu miseria y tendrás 50 años para disfrutar tu riqueza». El hombre suspiró fuerte y extendido, tomó la pluma que el diablo le pasaba, con la punta se perforó uno de sus dedos untándola con sangre y procedió a poner su firma en el pergamino que tenía ante sus ojos. El diablo lo enrolló, lo metió entre sus ropajes y le dijo: «Exactamente a contar de hoy, en 50 años vendré por tu alma», y se perdió en la noche dejando un fuerte olor a azufre rodeando al hombre.

El pobre hombre se durmió sin saber si lo que había vivido era verdad o mentira, hasta que despertó y se dio cuenta de que vivía en una mansión con muchas personas a su servicio y tenía muchas propiedades y riquezas que no alcanzaba a contar.

Hijo, alcánceme el tarro con azúcar, por favor, para echar al azucarero, y tráigame otro pedazo de tortilla de ese canasto. Mañana vamos a matar un chancho para hacer un asado y usted lleve unas longanizas a su mamá; también va a llevarse un saco de papas, que son siempre bienvenidas en una casa.

—Abuela, siga la historia.

—Bueno, pasaron los 50 años y recién el hombre se preocupó de que tenía que entregar su alma al diablo por todas las riquezas que había disfrutado y que parecían no terminar nunca. Pero el hombre ahora no quería cumplir su parte del trato, así que andaba buscando la manera de evitar que se lo llevara. Una viejita le dijo que tenía que ser velado vivo y el velador tenía que soportar la presencia del Mandinga para que quedara sin efecto. El hombre ofreció una inmensa cantidad de dinero para que alguien lo velara vivo y poder zafarse del pacto y, cuando llegó una persona que se atrevía con eso, se hicieron los preparativos para su velorio. En primer lugar, nadie debía estar cerca: el hombre dentro del cajón y el velador con un rosario y una Biblia para soportar la presencia del diablo.

Si el velador soportaba todas las pruebas de Satanás hasta los primeros rayos del sol, estaba salvado.

Pero con estas cosas no se juega, hijos, hay fuerzas que no conocemos y a las que no hay que provocar, porque serían como las 4 de la madrugada cuando el velador comenzó a flaquear y al final le dio tanto miedo que tiró el rosario y se puso a llorar de miedo, así que al final, en una especie de ganancia extra, el diablo se los llevó a los dos.

Pasaron un par de días cuando tuve que hacer los preparativos para regresar a mi casa; mi abuela me acompañó en las trancas a esperar el camión de "El Gitano" y nos vinimos cerro abajo, hasta otra oportunidad en que visitaría a mi abuela para divertirme y escuchar esos relatos tan maravillosos del campo chileno.

 

 

  • Acerca del Autor (Francisco Flores Olave)
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Francisco Flores Olave:

Francisco Flores Olave Ex-radio controlador de Radio Millaray Alumno egresado de 8vo avo de 1971 Escuela No.1 profesor jefe Valentín Rocha franciscofloresolave.blogspot.com

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